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Llegaron dos tapires y hacen resurgir la esperanza en la reserva de Horco Molle

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Parece un cerdo, porque es redondo y robusto. También parece un oso hormiguero, porque tiene hocico con forma de trompa. Pero en realidad parece un animal traído del pasado, de cuando los hombres vivían en cavernas. Y a ciencia cierta, el tapir (de él se trata) habita este planeta hace 35 millones de años. Eso lo convierte en un ser primitivo. Y eso hace que el arribo de dos ejemplares -una hembra y un macho- a la Reserva Experimental de Horco Molle signifique el resurgir de la esperanza. El resurgir de la vida.

Estos tapircitos llegaron desde Jujuy”, dice Juan Pablo Juliá, director de la reserva y miembro de la asociación internacional Tapir Specialist Group, mientras abre el portón del área de rehabilitación en la que se encuentran. Y cuando lo dice, baja el tono de su voz. Como si hubiese entrado a la habitación de un recién nacido en un sanatorio. En cierta forma, lo ha hecho: los tapires tienen cuatro y dos meses y se encuentran lastimados. Los veterinarios les hacen curaciones y les dan leche en mamadera hasta cinco veces al día, en pos de suplir su destete.

Hace unas semanas, fueron rescatados por la Dirección de Biodiversidad jujeña. Los derivaron a Tucumán el sábado último. La hembra estaba dentro de un canal de riego que es utilizado por un ingenio. Como al tapir le gusta sumergirse en las riberas y lagunas, sospechan que se metió y luego no pudo salir debido a la dificultad que le implica escalar un cauce artificial. El otro vivía en la casa de una familia de esa zona azucarera. Le bautizaron con el nombre Gerónimo.

“Nuestro objetivo es que puedan insertarse en la vida silvestre. Eso ocurriría en dos años. En ese entonces, estarían en condiciones físicas y de carácter”, estima Juliá.

El tapir es el mayor mamífero terrestre de Sudamérica. Se han contabilizado cinco especies en algunos países americanos (Brasil, México, Colombia y otros) y del sudeste asiático (Birmania, Tailandia, Malasia y Sumatra). Todas están al borde de la extinción debido a la pérdida de su hábitat, a la fragmentación de sus poblaciones y a la caza. En Argentina, se calcula que debe haber unos 2.500 ejemplares (”es un número bajo”, explica Juliá).

Si el tapir desaparece, muchos vegetales se irán con él. Su papel en los ecosistemas es clave, ya que disemina semillas a través de la defecación; germina plantas con su orina y cambia el forraje de los parajes en los que se mueve.

Además de esa importancia ecológica, el tapir es una especie de bandera o paraguas. Sucede que los biólogos se valen de su carisma para proteger lo que viene por detrás, como ranas e insectos.

– ¿Por qué se considera carismático al tapir?

– Porque es grande. La megafauna siempre resulta atractiva, especialmente en América del Sur, donde hay pocos animales de más de 100 kilos.

– ¿Y porqué nos gusta la megafauna?

– Probablemente, porque éramos cazadores y recolectores hace apenas 20.000 años . La megafauna era nuestra principal presa. Todavía hoy, las comunidades aborígenes buscan al tapir para comérselo.

Tal vez modelado por ese ayer, el tapir huye de la civilización. Se comunica con sus pares a través de silbidos y de señales olfativas. Usa esa nariz para sostener los alimentos y para respirar debajo del agua. Su visión no es buena, pero sí el resto de sus sentidos. Los más de 200 kilos que llega a pesar de adulto no le impiden desplazarse con agilidad, nadar y hasta bucear. Los investigadores atribuyen sus dimensiones a que sobrevivió a un evento de extinción durante el pleistoceno (una era geológica).

La reducción de la especie ha sido dramática en los últimos años. Por ello, la Reserva Natural de Iberá, en Corrientes, ha implementado un proyecto a nivel nacional de reintroducción, con el que colabora la reserva de Horco Molle. “Es la primera vez, en 30 años, que aparecen dos cachorros de tapir juntos”, concluye Juliá, y sonríe con los ojos. Las personas que lo rodean (los veterinarios Pablo Aon y Celeste Forlenza, y los estudiantes de la Escuela de Agricultura Valentina Ruiz Palma, Josefina Morón y Bartolomé Albornoz Piossek) tienen la misma expresión de fascinación.

Por un rato, el panorama para el tapir deja de ser tan nebuloso. Con la llegada de las crías, ya son siete los que se escabullen entre los pastos de esa reserva. Tal vez allí perdure el espíritu de Inés, la tapir que murió en 2016. Era considerada uno de los ejemplares más viejos del mundo que vivía en cautiverio y un ícono de la conservación.

Siete tapires: Protegidos en Tucumán

Con la llegada de las crías suman siete los tapires que pasan sus días en Horco Molle. En agosto de 2016 murió allí Inés, un tapir hembra de 34 años. Era considerada uno de los ejemplares más viejos del mundo que vivía en cautiverio y un ícono de la conservación.

En Europa: Un fenómeno catastrófico

Hace unos años, paleontólogos y arqueólogos de Europa hallaron el esqueleto completo de un tapir extinguido allí hace 3,1 millones de años. Los restos fósiles correspondían a un ancestro de una especie que ha sobrevivido, todavía hoy, en algunas regiones de Asia. En aquella época, en cambio, el tapir se beneficiaba del clima subtropical que reinaba en una mayor parte de Europa. Se cree que murió, junto a otras especies, tras un fenómeno catastrófico, que pudo ser una emanación de gases.

Curiosidades: Embarazo, crías y sonidos

La gestación del tapir es de 13 meses. Nace una cría por vez. Los cachorros tienen la piel manchada, para camuflarse en el medio ambiente. Cuando son adultos, las manchas desaparecen. Suelen hacer sonidos como chasquidos o silbidos para comunicarse entre sí.

Conservación: ¿Por qué es importante?

Juan Pablo Juliá -director de la Reserva Experimental de Horco Molle y miembro de Tapir Specialist Group- explica que los tapires son una especie de bandera: ocupan grandes extensiones de terreno y bajo su paraguas se pueden conservar otras especies. Además, tienen una importancia ecológica: son arquitectos del paisaje y ellos mismos conservan sus ecosistemas.

Fuente La Gaceta

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