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Un derrumbe en una obra tiró una pared en la casa del “Mono” Ale

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San Miguel de Tucumán.- Son las 23.30 y dos camiones de bomberos ocupan media calzada en Mate de Luna al 2000 en la capital tucumana. Hay una parafernalia de luces amarillas, de sirenas estridentes y de uniformados nerviosos que gritan “que nadie pase”. Pero no hay llamas. Más aún: llueve. Y hay olor a gas.

Exactamente una semana después de que se viniera abajo la fachada del ex cine Parravicini en 24 de Septiembre al 500, a 25 cuadras de esa mismísima arteria, rumbo al cerro, se ha derrumbado otro pedazo de construcción. Se trata de una pared lateral, la que da al oeste, en una obra en pozo. Específicamente, Mate de Luna 2.036.

El desplome, esta vez, se ha dado hacia adentro de la construcción y no hay víctimas fatales. Tampoco heridos. Pero la sensación de que en la capital tucumana todo lo sólido se desmorona en el suelo es una sensación paranoide generalizada, alimentada, con catastrófica rigurosidad, por una calamidad semanal.

Los moradores del edificio del 2.026, lindero hacia el este, no están en sus departamentos. Unos están en el palier. Otros ocupan la vereda. Y algunos se asoman hasta la entrada de la obra para tratar de captar algún detalle cuando la puerta se abre para que salga algún bombero o para que entre el ingeniero Miguel Galindo, ya al borde de la medianoche. “Ni pienso hablar”, contesta, a quien se acerca a preguntarle qué ha ocurrido. “No voy a decir nada hasta saber qué pasó”.

Al oeste, la obra donde se produjo el derrumbe linda con una casa. Su dueño está en el jardín, no porque quiere sino porque no tiene otra opción. La tobillera electrónica que le ha colocado la Justicia Federal (está condenado por integrar una asociación ilícita dedicada al lavado de activos) para monitorear que nunca abandone la propiedad le impiden a Ángel “El Mono” Ale siquiera salir hasta el cordón. Ale sí quiere hablar con los periodistas. Acompañado por su hijo Eduardo invita a pasar y a escuchar porque, en verdad, no se calla nada.

“Yo estaba en la pieza y siento que mi hijo entra gritando que se derrumbaba la casa”, relata enfundado en una campera que lleva el escudo del Club Atlético San Martín, mientras ingresa en la vivienda. Desde la puerta principal se observa un ir y venir de huellas barrosas y urgidas. Ale muestra, un ambiente tras otro, las rajaduras en el yeso del cielo raso. Pero la verdadera dimensión del derrumbe se observa franqueando la cocina. Hay una puerta lateral que hasta las 23 de ayer llevaba a lo que era la cochera, de 2,5 metros de ancho, según describe su esposa, Andrea Viviana Acosta. Ahora, la medianera ha desaparecido y el contrapiso da, libremente, al pozo de la obra contigua.

En el piso de la cocina todavía yace, volcado, el cochecito de Guillermina, la nieta de Ángel (hija de Juan Facundo, su otro hijo, y de su nuera Yamila), que el sábado cumplirá dos meses. “Es que la agarramos y salimos corriendo”, recuerda. En la voz se le mezclan la angustia por la niña, la ira por lo que está viviendo, la necesidad de no perder los estribos para contener a sus hijos visiblemente furiosos, y la preocupación por su madre, Ana María Ruiz, de 72 años. “El derrumbe fue sobre la pared que da a su pieza. Y la cabecera de su cama está sobre esa pared”, le enseña en el lugar a un bombero que entró a la casa a avisar que no se puede ir al pasillo que ahora da al vacío. Es la losa del garaje lo que golpeó ese dormitorio, explica el hombre de casco. Ahora, por las facciones del rostro de Ale van y vienen consternaciones e indignaciones, sin solución de continuidad. En el pasillo que atraviesa toda la casa yace un zapallo gigantesco, abandonado a medio camino de un destino que quedó trunco.

“Nos podríamos haber muerto todos”, dice la mujer de Ale. Él relata que Galindo se presentó con dos policías. “Los corrí a la mierda a los policías. Encima le digo: ‘¿usted qué viene a hacer con la Policía? ¿Me viene a apretar? Mandesé a mudar de acá’. Para eso se presta la Policía. ¿Por qué no salen a voltear narcotraficantes?”.

Entonces entra a la casa Galindo.

– Yo le voy a decir una cosa a usted, acá delante de mi abogado el doctor (Ricardo) Fanlo: aquí han cavado para abajo (de mi casa) -sostiene Ale.

– No, no. Me dejás hablar… Mirá: (se hizo) igual que como está allá -dice Galindo, señalando el lado este de la obra en pozo, que ahora se ve desde la cocina-. Ya vas a ver cuando saquemos todo el escombro. Ahí se ha cortado la pared y ha empujado todo el asunto.

Después, el diálogo fue imposible. El constructor trató de brindar explicaciones respecto de lo ocurrido, pero Ale manifestó ofuscado que se había obrado de manera indebida, en desmedro de su vivienda. Y acusó a Galindo de mentirle y de subestimarlo con las explicaciones que daba.

– ¿Sabe qué es lo que usted no quiere reconocer? Yo no le voy pedir un centavo de más. Me cago en la plata. A usted le interesa la plata: a mí no me interesa. Mire lo que le digo. ¡Toda la mía me la he ganado laburando! -grita Ale.

– ¡Soltame, por favor! -pide Galindo.

– A través de los irresponsables esos que han socavado para abajo (de mi casa) se podrían haber muerto mi nieta, mis dos hijos, mi madre, mi esposa y mi nuera. Eso nada más. Pero no me quierás decir otra cosa porque no te voy a escuchar porque vos me venís a querer mentir.

– No hablemos delante del periodismo -lo interrumpe el ingeniero.

– ¿No hablemos delante del periodismo? Yo hablo delante de quien sea -lo desafía Ale.

La discusión se mantuvo áspera. Ale planteó que el edificio que flanquea su casa al oeste, y cuya estructura ya está levantada, no le ocasionó ningún inconveniente. Galindo explicó que a su obra la afectó la lluvia y reivindicó que estaba allí dando la cara. También aclaró que él correrá con todos los gastos de los materiales y de la mano de obra para la reparación. Puntualizó además que, cuando el clima mejore, se podrá indagar lo ocurrido. Aclaró que el ruinoso garaje es la parte “riesgosa”, pero que el resto de la casa no. El debate pasó a la cuestión de cuáles eran las paredes sobre las que cargaba el techo de la casa. Y mientras subía el tono de los desacuerdos, intervino Juan Facundo Ale.

– Vos sos el que se “moquiao” dentro de todo, loco -increpó a Galindo-.

– Momentito, no es cuestión…

– Si se muere mi hija, yo te mato a vos y a toda tu familia.

“El Mono” se interpuso y pidió ir a ver la pieza de su madre.

– Este cree que yo le quiero sacar ventaja. Esa es la calentura que yo tengo con usted -le dijo Ale a Galindo-. Yo no quiero sacar ventaja de nada. Yo lo que quiero es que usted, en la próxima obra que haga, no ponga en riesgo a la gente. Yo soy ‘El Mono’ Ale. Tengo cartel de “Peligroso”. ¿Pero sabe cuándo reacciono yo? Cuando me hacen algo. Puedo llegar hasta las últimas consecuencias. ¿Me entiende, amigo? Pero no hago daño gratis. En mi vida he hecho daño gratis. ¿Y con quién he tenido problemas? He tenido con los Gardel y con los Atila problemas yo. No he tenido con gente bien.

– Bueno, ya está. Calmate.

Eran casi las 0.30 de hoy cuando Galindo se retiró y Ale se quedó con su abogado. Fanlo le explicó que sólo a partir de la mañana se iba a poder tramitar en la Justicia Federal que le autorizaran a mudarse a otro inmueble. Con los bomberos en la puerta y la lluvia sobre la cabeza, “El Mono” trataba de empezar a resignarse a pasar la noche en esa casa. “Está explotada”, repetía. Su mujer terminaba de despedir a Galindo. “Usted no entiende porque no le pasó esto…”

El jueves ya comenzó y los vecinos del edificio de Mate de Luna 2.026 siguen en el palier y en la vereda. “Es que hay gente que no quiere volver a sus departamentos -explica uno de ellos, con gesto sinceramente preocupado-. Tienen miedo de otro derrumbe. De que todo se pueda vernir abajo…”

“Era impresionante cómo se caían las paredes”

“Sentimos un poderoso temblor en nuestro edificio. Al consultar (y darnos cuenta) de que no había temblor bajamos y nos percatamos de que era una construcción en la Mate de Luna 2.036, donde está construyendo la empresa de Miguel Galindo”, describió el vecino Carlos Alberto Guerra, quien vive en el edificio que se encuentra al Este de la obra. “Al llegar vimos al sereno muy preocupado porque se empezaban a derrumbar las paredes de un vecino que está lindando la construcción”, describió, en referencia a la vivienda de Ángel Ale. Guerra dijo que llamaron a Defensa Civil y a la Policía, que llegaron casi inmediatamente, según dijo, y explicó que parecía que la base de la medianera había cedido. “Era impresionante cómo se caían las paredes. No sabemos de qué se trata pero las paredes del vecino se derrumbaban enteras y bueno, se escucharon gritos y alaridos”. Añadió que están preocupados “porque tenemos la situación en nuestro edificio para el otro lado. Nuestro edificio está apuntalado con la construcción”.

Fuente: La Gaceta

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