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Un jubilado de Santa Ana pedalea cientos de kilómetros para alentar a su equipo

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Cuando la mañana todavía es noche en el cielo del sur profundo de Tucumán, la silueta de un hombre y su bicicleta surca las rutas y los caminos de tierra. Es un hombre de 67 años y sus silencios son cortados por la respiración mientras pedalea, su respiración y el traqueteo de la cadena mientras deja en bicicleta la oscuridad de la madrugada, atravesando el amanecer rumbo a la razón de su día: en unas horas, a la tarde, juega Santa Ana.

Este hombre se llama Luis pero aquí todos nos conocemos por el apellido: “Armeya, señor, así me llaman todos”. Es Armeya, entonces, nuestro héroe capaz de combatir el frío de la noche pelada con un plato hondo de sopa caliente. Es Armeya, entonces, capaz de levantarse antes de que el gallo despierte a los 200 habitantes de Amberes, y es don Armeya, ya arriba, porque hoy Santa Ana juega lejos del ingenio y hay que pedalear como lo hace todos los sábados. Como lo hará hoy, sin ir más lejos, que se juega el gran clásico contra San Lorenzo: “Y aquí no se habla de otra cosa”.

O como lo hizo cuando Santa Ana fue a definir el título a la cancha de Bella Vista, 80 kilómetros de ida en la bicicleta con toda la ilusión y 80 kilómetros de vuelta ya sin voz, con Santa Ana campeón y el recuerdo de aquel viaje inolvidable: “Ese día salí antes de las siete de la mañana. Fui por Campo de Herrera, le metí por la 157 y llegué para ver el partido. Los muchachos nos dieron la alegría, salimos campeones, pero en el camino de regreso me perdí, le erré a la ruta unos 30 kilómetros más. No sabía dónde estaba y para colmo ya era de noche y llovía. Recién llegué a mi casa como a las once de la noche, tarde, empapado, pero feliz”.

La pasión según Armeya, todo esto que siente el hombre cuando habla sobre Santa Ana, empezó allá por la década del 50 cuando don José Lorenzo Armeya, su padre, llegó para trabajar como uno de los 790 obreros permanentes en la usina del ingenio Santa Ana, por entonces el más grande de Sudamérica. En tanto, el lazo con el fútbol lo heredó a través de sus primos Juan Pedro y René, jugadores de Central Norte. Pero el gusto por la cancha, lo que se dice ir a la cancha, se lo inculcó José Román, el hermano mayor de los Armeya, quien también trabajó en el ingenio como bobinador. “De chango ya me llevaba. Y después empecé ir solo, a todos lados, siempre en mi bicicleta, a Lules, a Monteros, a Bella Vista, adonde jugáramos”, recuerda Armeya, soldador en Providencia cuando el ingenio apagó sus chimeneas en el 66.

Jubilado desde hace unos años, don Armeya se queda en silencio cuando recuerda aquellos años en el diálogo con el portal de noticias El Tucumano. Y se moviliza cuando reflexiona sobre los hombres que son sus vecinos en Amberes, el pueblito ubicado a 40 kilómetros de Santa Ana, y que viajan todavía más lejos que él: “Ya no está el ingenio, lamentablemente ya no está. Y los jóvenes de ahora se tienen que ir a trabajar como jornaleros a Río Negro, hasta allá se tienen que ir”.

Tantas hojas de ruta, tantos kilómetros recorridos en la bicicleta, todo eso ha valido el gesto, la caricia al pecho, el reconocimiento al hincha de los dirigentes que lo homenajearon con un camperón del club para protegerse del frío y una bicicleta nueva, como él lo quiso, una bicicleta de las nuevas con cambio, más moderna que la que usaba con el caño bajo, el nuevo rodado al que don Armeya le quiere cambiar el manubrio: “Tengo que conseguir uno más alto porque sino me tengo que agachar mucho y me duele la espalda. Está hermosa la bicicleta nueva, no me lo esperaba, perdone…”, pide Armeya, emocionado cuando recuerda el último sábado de junio cuando entró a la cancha para ser ovacionado por todos y recibir el regalo.

“Todos los jugadores se han acercado a saludarlo. Don Armeya es un referente para todos en Santa Ana. No se le cobra entrada y cuando Santa Ana juega como visitante, entre todos lo invitamos. Creemos que es un ejemplo de hincha y queremos que se le permita el ingreso gratuito a todas las canchas de Tucumán”, explica Marcos Javier, tesorero del club. Además, el plantel con Diego Velárdez como ídolo y referente, cuando se traslada en colectivo para llegar a las canchas de la Liga, viaja con Armeya a bordo: “Cuando hay que jugar muy lejos, ya los muchachos me pasan a buscar por el puente. Yo los espero en la ruta, guardo la bicicleta, y viajo con ellos adonde vayamos a jugar”.

Durante el viaje con el plantel, don Armeya les va contando sobre las glorias del club, de lo que jugaban los hermanos Tejerina, Antonio y Ángel, de los grandes arqueros que siempre hubo en Santa Ana como Quintero, Lorca, o de Vargas de Tucumán Central, o de los Bohórquez, y también de Ibáñez y Carrizo. “Siempre les voy a hablando a los muchachos, motivándolos. Eso sí: cuando perdemos, vuelvo muy enojado. Y cuando ganamos, qué lindo es cuando ganamos”, se despide don Armeya, quien ayer fue al club para ver a los muchachos antes del clásico. Pero antes, de camino, fue a recordar a los que ahora lo guían desde el cielo y a pedirles una manito para hoy contra San Lorenzo: “Me voy a ponerles unas velas a mi padre y a mi hermano. Voy a dejarles unas flores en el cementerio y voy a estar un rato con ellos, charlando hasta que las velas se apaguen. Eso voy a hacer. Y después ahí sí, sigo derecho hasta el club, siempre en la bicicleta, claro, ¿en qué más?”

Don Armeya recibe la bicicleta de parte de los jugadores de Santa Ana, quienes lo llevan en el colectivo cuando juega muy lejos. La foto es de Eve Miguel. Nelson Zeballos lo bautizó “El ángel de la bicicleta”, como la canción de León Gieco.

Fuente El Tucumano

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