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“Me canse de ser pobre”, dos historias de vida de superación y perseverancia

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El auto paró en la ruta 38, en Aguilares a la altura de Tagusa, una estación de servicio, el joven que desde hacía media hora estaba haciendo dedo, levantó su bolso, y caminó hasta el Peugeot 404, gris metalizado, cuando llegó, la puerta estaba abierta,

– “Hola Pelusa, ¿cómo andas?”, dijo al entrar al auto.
– “Hola Dieguito”-, el auto arranca y se va hacia el norte por la 38.
– “Voy a Concepción y después a Tucumán, ¿si me queres esperar?”, le dice el que manejaba.
– “Bueno”, se escuchó decir.
– “¿Cómo están tus viejos?”, le preguntó.
– “Muy bien, te mandan saludos”.

El auto llegó a Concepción, se paró en una de las calles céntricas, Pelusa bajo y se metió en una casa. El otro quedo en el auto esperando para viajar. Media hora después volvió el dueño del 404, abrió la puerta de atrás acomodo su portafolio negro, abrió la puerta del conductor, y salió hacia la 38, la única vía por entonces para llegar a la ciudad capital,

Hasta que en la autopista Famaillá- Tucumán, a la altura de la arboleda, que en ese tiempo era una alameda. No sé si fue por el doble carril, el traje que lo hacía verse más formal produjo un silencio entre los dos que obligó al dueño del auto, a pensar, hoy recuerdo ese momento como si no hubiese pasado el tiempo.

– “¿Sabes qué Dieguito?”, me decía mirando al frente para calcular el tiempo de autonomía que tenia para verme a los ojos.
– “¿Qué Pelusa?”.
– “¡Me canse de ser pobre!”, lo decía casi golpeando el volante. “Me canse de estar cagao, de no tener para comer, de laburar de seguridad, de mojarme por dos mangos, de trabajar en la carpintería, de que no me alcance, es fiero”.

Su rostro giraba hacia el frente, y volvía hacia mí. Sus manos no dejaban el volante, su saco se estremecía, yo lo miraba sin entender, pero sabía de su vida, de sus trabajos, de que su madre había muerto cuando estaba cursando primer año de abogacía, sabía que su padre carpintero, no lo pudo seguir bancando, y él sabía que algo parecido me estaba pasando a mí.

Por ese tiempo, ya se había ido De la Rúa en el helicóptero, mi viejo en una de sus peores noches, ya me había dicho lo más duro para un estudiante que piensa que tiene todo el tiempo del mundo. Porque en ese tiempo habían cerrado la sucursal de Alberdi, la casa de calzado donde trabajaba mi viejo y lo tenían en una situación precaria en Aguilares, en ese contexto una noche de invierno, me había llamado a su pieza, y casi sin mirarme a los ojos me dijo, “Ya no podés seguir estudiando, no nos alcanza la plata, somos muchos y no te puedo dar para estudiar”. Su cuerpo giró hacia el guardarropa, como buscando algo, mi madre me miró tocándome con los ojos, yo solo atine a un, “Bueno,no importa”, giré sobre mis talones, mis hermanos miraban tv en la cocina, pase rápido y me fui a mi cama. Era en las vacaciones de julio del 2002.

Pelusa me sacó de mis recuerdos y me dijo, “Por eso te tenes que recibir“, y seguía, “¿sabes por qué?, porque es más fácil recibirse que andar con la mochila cargada de no recibirse, ¿o no me vas a decir que no es feo?, que, en una fiesta, cualquiera te pregunte, ¿ya te recibiste?, y vos, no, todavía me falta, y el otro que en su puta vida piso una Universidad te dice, hace mucho que estudias, como si supiera lo que es estudiar y encima sin un mango, ¿o no es así?. O lo que es peor, que vos mientras todos brinden en navidad, vos ahí te acordes de que debes filosofía de primer año, o una materia así”.

Él me decía eso cuando el auto estaba llegando al mercofrut, yo lo escuchaba y asentía con la cabeza. Yo en ese ahora era pobre, hacía dedo los lunes, para llegar a la facultad y hacía dedo los viernes para volver, y él era una de mis posibilidades de llegar a Tucumán.

Salía a las siete de la mañana, mi madre me daba 30 pesos, y había semanas en que no tenía para darme, y yo le mentía que tenía plata ahorrada, que me había quedado de la semana anterior. Me quedaba en San Miguel, en la casa de una tía, que me daba cama y comida sin pedirme nada a cambio, yo volvía los viernes al mediodía, hacía dedo donde está la rotonda a la salida de Tucumán, donde está la estatua de Manuel Belgrano.

Él, mi primo Pelusa, se había recibido y había comenzado a trabajar de abogado, y cada año le iba mejor, “Ya vas a ver que cuando te recibas vas a trabajar bien”, me decía.

Él nunca me dijo que estudiara cerca de mi casa o que cambiase de carrera, como muchos me lo habían dicho. Yo por ese tiempo estaba viviendo mi mayor pobreza, pero también mi mayor felicidad. Era dueño de mi destino, y sentía que, aunque me pasaran los años me iba a recibir.

Cada día que salía a la ruta lo veía como una aventura, cada día me creía un afortunado, porque podía conocer nuevas personas, y cada lunes era mi lunes de revolución, porque era pobre, éramos cinco hermanos, más dos sobrinos, porque éramos un solo sueldo.

Cada lunes que pisaba la Universidad, sabía que estaba ahí, por muchas, personas, mis viejos que creían en mi aventura, mi tía que me daba asilo en su casa, y que me hizo sentir siempre como en mi casa, y las personas ocasionales que se apiadaron de un loco que, hacía dedo con una carpeta de cartón, y un bolso desvencijado de tanto subir y bajar autos ajenos.

Porque fueron muchos, como el caso del contador que siempre iba los lunes a Concepción, y me levantaba, y yo tenía que contarle quién era todos los lunes que me levanto. Viaje en auto, camión, motocicleta, camioneta, hoy no podría recordar a cada uno, pero puedo agradecer a todos.

Como el caso de un hombre que me levanto en Monteros, en su camioneta nueva de color verde, y tuvimos tanta buena onda, que él me llevó hasta la universidad y me bajo en la puerta, diciéndome cuando le dije que me bajara en la terminal, que con eso estaba bien, “si no me cuesta nada te dejo en la puerta”, y así lo hizo.

También un camionero que me levanto en Aguilares y me llevó a probar las famosas empanadas de Famaillá. O los policías que me llevaron desde Concepción hasta Monteros en el móvil policial, sentado junto a un detenido, que era un muchacho flaquito, que viajaba esposado.

Pero lo que me partió el corazón fue un señor mayor, que en Tagusa, a eso de las nueve de la mañana, cuando veía pasar autos que no me miraban, y el viaje aventura se estaba poniendo feo, se paró en su motocicleta Puma, de color rojo, se sacó el casco, y me dijo “voy hasta Concepción, ¿si quiere lo llevo?”.

Yo me quedé un segundo mirándolo, lo veía como un ser de otro tiempo, parecía un ser caído del cielo, “Si como no, le dije, y subí en su moto con mi bolso haciendo equilibrio para no caernos.

El auto gris llega a Tucumán, se para en el parque, y me deja a un costado, “Que tengas buena semana”, me dice Pelusa, desde el auto. Cierro la puerta y por la ventana le digo, “Gracias, Pelu”.

Hoy siento que esa charla nos cambió la vida, desde que me bajé desde ese auto esa mañana, no fui el mismo. Comprendí nuestra situación, el con su lucha con sus propios obstáculos, sus necesidades, pero con el firme propósito de cumplir su sueño, hoy su hija mayor se recibió de abogada, y ver que una hija siga tus pasos debe ser una de las mayores aspiraciones para un hombre, que no tenía cómo llegar, y llegó.

Por Diego Armando Diaz – Profesor universitario en Letras

1 Comentario

  1. Un gran ejemplo, un gran profesor
    Conmovedora historia de lucha y perseverancia. Felicidades profe por lo que hoy es y por qué aun sigue luchando cada día

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